VI Domingo de Pascua - Ciclo C
Jn.14, 23-29: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo»

Hermanos

 

“Tomen este es mi cuerpo, tomen esta en mi sangre”, estas palabras las escuchamos cada vez que nos reunimos como comunidad y celebramos la eucaristía, son las palabras que el mismo Jesús pronuncia poco antes de subir a la cruz y entregar su vida por todos nosotros, son las palabras que lejos de estar atadas a la magia, nos abren las sendas de la experiencia de intimidad con quien nos ama y quiere nuestra redención.

 

La escena del evangelio de este domingo ocurre en torno a la mesa, es un acontecimiento importante, que ha requerido preparación y la disposición de todos los involucrados para que el acontecimiento se realice. Como nos suele ocurrir a nosotros también hoy día, la mesa nos convoca para hablar y compartir momentos importantes. Comunitariamente el Señor Jesús quiere compartir lo último de su persona, dejar su presencia más allá de las palabras y los gestos que había venido compartiendo durante su predicación. Deja en manos de sus discípulos la nueva alianza, esa que se sella con su propia sangre y no con la de animales ofrecidos, la que compromete en el amor y no en el cumplimiento de cláusulas legales, en definitiva la alianza que es compartir parte en la misma suerte del que se entrega.

 

“Tomen este es mi cuerpo, tomen esta en mi sangre”, es una invitación a reconocerle a él en las formas de pan y vino, y en ese reconocimiento confesar la fe y el seguimiento del único Maestro, así como dejarme alimentar, para que el peregrinar de esta vida sea con su fuerza. E gran anhelo del discípulo es ver a su maestro, a Jesús lo podemos reconocer en la eucaristía de modo privilegiado, y como en la oración le abrimos nuestra vida y corazón al Señor, en la eucaristía él se nos abre y comunica. Ante el lenguaje pequeño y torpe que en ocasiones tenemos, es la poesía la que mejor expresa el encuentro con él.

 

 

Pequeña,

frágil, de pálida blancura,

así de sencilla es la hostia que te deja ver.

 

Te muestras para todos,

aunque yo te necesito reconocer.

Reconocer ahí en la custodia que te contiene

y en el camino de mi vida que en ocasiones pareciera dejarte pasar.

 

Estás, siempre estás,

igual de frágil y sencilla,

una hostia un pedazo de pan,

que te esconde y te muestra

y yo tan torpe, porque te niego al no visitarte.

 

Te encuentro en otros,

pero con más dificultad porque su rostro oculta tú Rostro.

En tu eucaristía está sólo tu Rostros, pero te dejo.

 

Llámame,

atráeme para que no olvide tu Rostro

y no me aleje nunca de ti.

Ábreme el oído y el corazón para escucharte e ir a ti.

 

 

 

Que el Señor les cuide y bendiga.

 

+ Moisés C. Atisha Contreras

Obispo de San Marcos de Arica