A quince años de su ordenación, el diácono permanente Juan Muñoz, de la Diócesis de San
Marcos de Arica, comparte el origen bíblico de su vocación, el sentido profundo de su
servicio y un mensaje para quienes sienten el llamado a seguir este mismo camino.
El origen del diaconado se remonta al Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 6,
1-6), cuando la comunidad cristiana primitiva crecía con rapidez y surgieron quejas
por el reparto de la ayuda a las viudas y a los más vulnerables. Los apóstoles, para
concentrarse en la oración y la predicación, impusieron las manos a siete varones
llenos de espíritu y sabiduría, dando origen al primer ministerio ordenado de
servicio. La palabra «diácono» proviene del griego diakonos, que significa servidor o
ministro, y su labor nació enfocada en la caridad y el servicio comunitario.
Siglos más tarde, el Concilio Vaticano II, a través de la constitución Lumen Gentium,
restableció el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía, abierto
también a hombres casados. En ese mismo camino se inscribe el ministerio que hoy
vive el diácono Juan Muñoz, quien sirve en la Diócesis de San Marcos de Arica.
Un llamado que llegó desde la comunidad
Sobre cómo descubrió su vocación, el diácono permanente Juan Muñoz, asignado a
la parroquia Sagrado Corazón, señaló que todo comenzó cuando participaba como
laico en la capilla Cristo Rey, perteneciente a la parroquia San Ignacio de Loyola.
Fue el entonces párroco, padre Juan Augusto, quien un día lo llamó y le propuso
sumarse a este camino. «Habló conmigo y, a los días después, habló con mi
esposa», recordó, explicando que fue así como, junto a un grupo de más de
cuarenta hermanos que se formaron en la entonces recién creada escuela
diocesana de diáconos, inició un proceso que culminó el 27 de junio de 2011, día en
que fueron ordenados diecisiete diáconos.
Una entrega que va más allá del altar
Consultado sobre cuál es la función del diaconado, el diácono Muñoz enfatizó que
esta «va más allá de vestirse, revestirse y estar en el altar». Explicó que el verdadero
sentido del ministerio «tiene que ver con la gente misma, con la Iglesia, que es el
pueblo de Dios», lo que se traduce en estar atento a la escucha de jóvenes,
matrimonios y adultos, involucrarse en las catequesis que cada año viven las
comunidades, y acompañar de cerca a las personas, incluida la visita a los
enfermos.
Familia, trabajo y vocación: los tiempos que Dios concede
Respecto a cómo logra compatibilizar el diaconado con su vida laboral y familiar, el
diácono reconoció que «a veces es difícil», aunque subrayó el rol fundamental de su
familia en este camino: «Tengo que dar gracias a Dios que tengo una familia que me
apoya, me acompaña mucho, y eso me ayuda a poder cumplir estas tareas».
Agregó que la clave está en entregar lo mejor de cada tiempo: «un poquito de tiempo
para la familia con harto cariño y afecto, el trabajo con harta responsabilidad y el
diaconado con harta entrega y mucho amor, que es el que se recibe».
Finalmente, a quienes sienten que podrían tener esta vocación, el diácono Muñoz
dejó un mensaje: «Siempre se piensa primero en los tiempos, esa es la primera
respuesta: no tengo tiempo. Pero, en realidad, con la voluntad y con Dios, los
tiempos se nos van dando, y sin querer nos vamos organizando», comentó. Y
concluyó con una definición que resume toda una vida de servicio: «Se siente la
satisfacción de terminar el día habiendo hecho un poquito más por alguien. El
diaconado es entrega, entrega».
Con este testimonio, la Diócesis de San Marcos de Arica agradece la entrega de sus
diáconos permanentes y renueva la invitación a la comunidad a descubrir, en el
servicio cotidiano, un camino concreto de encuentro con Dios y con el prójimo.



