Con un espíritu de encuentro, fraternidad y compromiso con quienes más lo necesitan, el pasado martes 18 de agosto se celebró en la Catedral San Marcos de Arica la Misa con motivo del Día de la Solidaridad, jornada que invita a renovar el compromiso cristiano con quienes viven situaciones de pobreza, soledad, enfermedad o vulnerabilidad. La Eucaristía fue presidida por Monseñor Moisés Atisha y concelebrada por sacerdotes de la Diócesis de San Marcos de Arica. Participaron integrantes de distintas comunidades, agentes pastorales y numerosos fieles, quienes se reunieron para conmemorar esta significativa fecha y recordar el testimonio de San Alberto Hurtado.
Durante la celebración, Monseñor Moisés invitó a la comunidad a vivir una fe concreta, capaz de poner en el centro la dignidad de cada persona y de reconocer en cada hermano, especialmente en quienes más sufren, el rostro de Cristo. En su homilía, señaló que el cristianismo no puede reducirse a palabras, sentimientos religiosos o prácticas piadosas, sino que está llamado a transformar nuestra manera de mirar, sentir, discernir, decidir y, sobre todo, actuar.
A la luz de la Palabra de Dios, el Obispo recordó que “la fe, si no va acompañada de obras, ya está completamente muerta”, destacando que Jesús mismo se identifica con quienes tienen hambre y sed, con los enfermos, los forasteros y quienes viven privados de libertad. De este modo, invitó a preguntarse cuánto de nuestra fe se traduce realmente en gestos concretos de cercanía, servicio y misericordia.
En este contexto, destacó especialmente el testimonio de San Alberto Hurtado, quien comprendió su sacerdocio como una forma de hacer presente en medio del mundo la mirada, la compasión y la misericordia de Cristo. Su vida, señaló Monseñor Moisés, continúa planteándonos una pregunta profundamente actual: ¿a quién vemos cuando nos encontramos con el otro? ¿Vemos solamente a una persona que necesita ayuda o somos capaces de reconocer en ella el rostro de Cristo?
La reflexión también permitió profundizar en el sentido de la solidaridad. No se trata únicamente de entregar algo a quien lo necesita, sino también de comprometerse con la transformación de aquellas situaciones que generan injusticia, exclusión y falta de oportunidades. “No se trata solo de aliviar el dolor”, expresó el Obispo, sino también de preguntarnos por qué existen personas que no tienen oportunidades, trabajadores que son maltratados, adultos mayores que viven en soledad, familias en situación de vulnerabilidad o personas que han perdido la esperanza.
De esta manera, la celebración se convirtió en una invitación a mirar más allá de las puertas del templo y a revisar la manera en que la fe se hace vida en lo cotidiano: en cómo acogemos al otro, cómo respondemos frente al sufrimiento y cuánto estamos dispuestos a comprometernos con quienes necesitan de nuestra presencia y solidaridad.
Al finalizar, quedó resonando una de las preguntas centrales de la homilía: “¿Mi fe produce obras?”. Una pregunta sencilla, pero profunda, que interpela a cada cristiano y a toda la comunidad a vivir una fe que no permanezca indiferente, sino que tenga los ojos abiertos a la realidad, un corazón dispuesto a acoger y unas manos preparadas para servir.
En este Día de la Solidaridad, la comunidad diocesana de Arica renovó así el llamado a seguir construyendo una Iglesia cercana, acogedora y comprometida con la vida y la dignidad de cada hermano y hermana, haciendo visible en medio de nuestra sociedad el rostro misericordioso de Cristo.
Fuente: Comunicaciones Arica
Arica, 19-08-2026












